Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, sigue siendo la novela boliviana imprescindible, seguida por Raza de Bronce, de Alcides Arguedas, según revela un sondeo entre una veintena de escritores, y muy a pesar de las tendencias y corrientes de la literatura boliviana actual —planteadas en varios números anteriores de este suplemento— que buscan romper con el estigma de una literatura nacional indigenista, sociológica, política y cualquier otro tipo de encasillamientos.

El 24 de agosto, el Viceministerio de Desarrollo de Culturas anunció un proyecto para publicar una colección de los diez mejores libros del país, en un generoso tiraje que será repartido en bibliotecas nacionales e internacionales, como incentivo a la lectura y promoción de las letras bolivianas.

Presentó entonces una lista de obras —todas novelas— elaborada por un consejo de asesores liderados por Néstor Taboada Terán, y de inmediato los cuestionamientos y discrepancias empezaron a llover.

Fondo Negro, en su edición del 31 de agosto, acopió las sugerencias de editores, autores y literatos que además de dar otros títulos pidieron diversificar géneros, incluir escritores de diferentes regiones y democratizar la elección.

La primera semana de septiembre, el viceministro Pablo Groux informó sobre la modificación del proyecto. Convocó a un congreso de expertos para elaborar la lista de las diez mejores novelas bolivianas, y anunció la apertura de un espacio en internet para que la gente emita su opinión y sea considerada. La autoridad garantizó un presupuesto para la puesta en marcha de un Fondo Editorial Nacional que en años siguientes antologue y publique, además, los mejores libros de cuentos, poesía, teatro, ensayo y otros.

Inicialmente el congreso debió desarrollarse en octubre, pero los conflictos sociales obligaron a una reprogramación. El viernes, Groux ratificó como fecha oficial el 15 y 16 de enero en La Paz. “Ya empezaremos a cursar invitaciones a escritores, críticos y académicos”.

Datos y números

En esa coyuntura, Fondo Negro pidió, vía correo electrónico, a más de una treintena de escritores y literatos que sugieran tres novelas nacionales que en su criterio consideren imprescindibles en la proyectada antología (para no hablar de favoritas, que las hay en cantidades, y por evitar jerarquizaciones).

Sólo 20 respondieron a tiempo pero sus posturas forman un interesante panorama, dada su representatividad: Tres son premio nacional de Novela —Ramón Rocha Monroy, Edmundo Paz Soldán y Wilmer Urrelo—; hay un premio nacional de Cuento, William Camacho; un premio nacional de Poesía, Benjamín Chávez; un miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, José Roberto Arze, y un historiador-literato, Carlos Mesa.

Entre estas dos decenas hay siete paceños, cuatro cochabambinos, dos tarijeños, dos orureños, un beniano y cinco connacionales residentes en el exterior. (Se pidió la opinión de al menos media docena de autores cruceños

—que en su momento reclamaron considerándose excluidos—, pero ninguno respondió.)

Siete de las 35 obras sugeridas aparecen en la lista inicial tan rechazada de Taboada Terán: Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre, con ocho votos; Metal del diablo, de Augusto Céspedes, y Aluvión de fuego, de Óscar Cerruto, con tres; La Chaskañawi, de Carlos Medinaceli, y Manchay Puytu, de Taboada Terán, con dos; además de Yanakuna, de Jesús Lara, y Borrachera verde, de Raúl Botelho Gozálvez.

Entre las nuevas sugerencias destacan Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz, y Río Fugitivo, de Edmundo Paz Soldán, con tres y dos votos, respectivamente; además de Felipe Delgado, de Jaime Saenz. Es interesante destacar que Miguel Gálvez (mencionado por su La caja mágica) y Juan Pablo Piñeiro (autor de Cuando Sara Chura despierte) son los únicos votados menores de 35 años, otro indicador que contradice la pregonada señal de renovación y cambio.

¿Otros datos curiosos? Jesús Urzagasti aparece nominado con tres obras diferentes, y Rocha Monroy, Jaime Saenz y Jesús Lara aportan a dos títulos; tres sugirieron obras técnicamente no consideradas novela: Historia de la Villa Imperial de Potosí de Arzans; Diario del Tambor Vargas y El Loco, de Arturo Borda; un par quiso incluir Sangre de mestizos (cuentos), de Augusto Céspedes, y uno sugirió una obra de un peruano escrita en el país: El pez de oro, de Churata.

Algunas conclusiones

En el referido Fondo Negro del 31 de agosto, el escritor cruceño Maximiliano Barrientos se preguntaba: ¿Cuánta gente (que no esté obligada por el colegio) lee Juan de la Rosa, Yanakuna o Wara Wara? (algunas de las inicialmente sugeridas) ¿Cuántos escritores actuales podrían afirmar que estas novelas los marcaron, los incentivaron a escribir? ¿Cuánta vitalidad tienen estos libros cuyos autores, en su mayoría, están físicamente muertos?

¿Por qué ni Barrientos ni otros autores de su generación, tendencias y pensamientos literarios accedieron a dar su opinión? (de los 20 que respondieron el cuestionario para este reportaje, sólo cinco son menores de 35 años: Wilmer Urrelo, Mariana Ruiz, Willy Camacho, Cecilia Romero y Aldo Medinaceli).

La escritora Vicky Ayllón, actualmente radicada en Estados Unidos, dice: “No acepto el top ten y digo además que junto a ellos (sus tres nominados) yo pondría Metal del Diablo de Céspedes, Aluvión de fuego de Cerruto, Felipe Delgado de Saenz, Tirinea de Urzagasti, La Chaskañawi de Medinaceli, Bajo el oscuro sol de Yolanda Bedregal, Matías, el apóstol suplente de Julio de la Vega, La virgen de las Siete Calles de Alfredo Flores, Periférica Blvd. de Adolfo Cárdenas y Saturnina time on time de Alison Spedding”.

Así, todos los consultados y todos los lectores seguramente tendrán decenas de sugerencias, no sólo tres como se pidió aquí, ni diez como solicita el Viceministerio. Lo importante es que la Biblioteca Nacional se haga realidad cuanto antes, ojalá con la mayor cantidad posible de “imprescindibles” viejos y nuevos.

Sólo a manera de yapa. En 1983 —hace un cuarto de siglo— Carlos Mesa hizo una enorme encuesta con similar fin y con este resultado: Juan de la Rosa, Raza de bronce, La Chaskañawi, Los deshabitados, Aluvión de fuego, Metal del diablo, Matías el apóstol suplente, Manchay Puytu, Felipe Delgado y Tierras hechizadas. ¿Cuánto cambió el panorama en todo este tiempo?

Veinte literatos bolivianos dan su parecer

Mariana Ruiz

Escritora tarijeña

Potosí 1600, de Ramón Rocha Monroy

Porque desde un tono no carente de humorismo refleja las contradicciones y asombros que forjaron la cultura mestiza boliviana en un momento clave: empiezan a nacer los primeros criollos. La fusión de ambas culturas (conquistadora y conquistada) ya no tiene remedio.

Los tejedores de la noche, de Jesús Urzagasti

Yo creo que Urzagasti no escribe varias novelas, sino una inmensa obra en varios tomos. Su lirismo es el más acertado a la hora de describir esas regiones inexploradas por el imaginario literario altiplánico. En él están el Chaco, la siesta, los sueños en guaraní. La otra Bolivia, que yace escondida entre la bruma del calor y la lejanía.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Escritor cochabambino residente en EEUU

Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre

Si bien estilísticamente, salvando la cronología, se pudieran criticar detalles de esta novela, continúa siendo el punto fundamental de la novelística nacional. Un opus magnus que hasta hoy no se ha repetido con ninguna obra del país.

Borracho estaba pero me acuerdo, de Víctor Hugo Viscarra

Estas memorias del autor paceño tienen valor de novela. No se había escrito así en el país, con un impulso similar al Dostoievski de Apuntes del subsuelo. Obra universal que a pesar de su localismo se amplía a la perspectiva del hombre todo.

La casilla vacía, de Ramón Rocha Monroy

Obra que excede el mote de “novela boliviana”. Podía haber sido escrita en cualquier tiempo y lugar. El excelente prosista que es Ramón alcanza en este libro la aspiración de cualquier autor: universalidad sin buscarla.

Virginia Ayllón

Escritora boliviana radicada en EEUU

Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre

Por la maestría de la narración histórica desde la mirada infantil.

Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz

Porque instala la novela moderna propiamente dicha en Bolivia.

Íntimas, de Adela Zamudio

Porque así como Faulkner instala el sur, Zamudio crea a la mujer boliviana en esta novela y su poesía.

Edmundo Paz Soldán

Escritor cochabambino radicado en EEUU


Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre

Es nuestra novela fundacional, la que fabula un mito de origen para el país y al hacerlo demuestra el poder de la ficción para inventar tradiciones. En ella, además, están sugeridas las tensiones del futuro: aquí, el mito del mestizaje no es integrador, armónico, sino que descansa en una serie de jerarquizaciones y supresiones.

Raza de bronce, de Alcides Arguedas

Esta novela indigenista captó mejor que ninguna “el problema del indio” en la primera mitad del siglo XX, y tuvo un impacto que va más allá de la literatura. La prosa de Arguedas tiene resabios modernistas y, aunque está al servicio de una anécdota relativamente sencilla (o quizás gracias a ello), no ha perdido su fuerza.

De la ventana al parque, de Jesús Urzagasti

Una de nuestras pocas grandes novelas que no trabajan explícitamente una cuestión histórico-política y que, sin embargo, es capaz de indagar como pocas en nuestros sueños, pesadillas y ansiedades, la vida y la muerte de los habitantes de un paraje llamado Bolivia.

Jaime Nisttahuz

Escritor paceño


Raza de bronce, de Alcides Arguedas

Precursora del indigenismo. Con lenguaje poético recrea el altiplano, y a unos personajes desconocidos para los citadinos hasta entonces.

Chaco, de Luis Toro Ramallo

La mejor novela sobre la Guerra del Chaco. Cuando se la presté a un excombatiente, quiso nacionalizársela. La leyó tres veces. Y se dice que el autor no estuvo allí, pero eso es otro cuento.

Metal del diablo, de Augusto Céspedes

El autor quería darnos un retrato nefasto de Patiño. El personaje se independiza y gana nuestra solidaridad. Un logro para la novela.

Ramón Rocha Monroy

Escritor cochabambino

Diario de un Comandante de la Independencia Americana, de José Santos Vargas

Se dirá que técnicamente no es una novela, pero es una obra maestra de la narrativa por la intensidad y el estilo épico de sus relatos. Es además una obra fundacional del habla que más tarde se llamará boliviana.

Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre

En una encuesta anterior, preguntaron qué inicio de novela me parecía el mejor logrado y dije sin dudar que el inicio de Juan de la Rosa. Ya en su tiempo era una obra narrativa equilibrada y vibrante, y nunca pierde vigencia.

Manchay Puytu, de Néstor Taboada Terán

Hondura y gran estilo para narrar la tragedia del cura enamorado en tiempos de la Colonia, en el marco del Potosí esplendoroso.

Adolfo Cáceres Romero

Escritor orureño


Manchay Puytu, de Néstor Taboada Terán

Deslumbrante novela del Potosí colonial. Su prosa neobarroca sorprende por la visión esperpéntica con la que el autor da vida a los protagonistas de la leyenda del Manchay Puyto, a partir de fray Antonio de la Asunción y su amada María Kusilimay. La presencia del Vigardo y Bienvenido Catanga equilibran el trágico destino de los amantes.

Los fundadores del alba, de Renato Prada Oropeza

No sólo es la primera novela boliviana que se distingue con un premio internacional (Casa de las Américas de Cuba, 1969), además concita la atención de dos grandes novelistas: Alejo Carpentier y Mario Vargas Llosa. Ambos destacaron la capacidad creativa del autor.

Toda la noche la sangre, de Juan de Recacochea

Es una novela estremecedora y bien lograda a partir de la concepción de su personaje central: el asesino del padre Luis Espinal. Su trama se da con claroscuros reveladores de una fuerza vital en el trazo de las circunstancias que culminaron con ese trágico instante, superando lo testimonial para darnos un todo estético de notable factura.

Víctor Montoya

Escritor paceño residente en Suecia


Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre

Porque es un clásico de la narrativa romántica y porque refleja uno de los episodios más trascendentales de las guerras de la independencia del siglo XIX. Es la obra boliviana más difundida tanto dentro como fuera del país, y la que mejor representa el espíritu de rebeldía, justicia y libertad de los bolivianos.

Raza de bronce, de Alcides Arguedas

Porque es una de las novelas propulsoras de la literatura indigenista en América y la que mejor interpreta el pensamiento y sentimiento de los habitantes del altiplano. En sus páginas se describe de manera magistral la belleza del paisaje andino y la violencia que los terratenientes ejercían sobre sus pongos.

Metal del diablo, de Augusto Céspedes

Aunque está cerca del panfleto literario, no deja de ser una novela clásica que proyecta la grandiosidad de la industria minera en Bolivia, cuyos protagonistas fueron el magnate Simón Patiño y la clase trabajadora que, por haber trabajado en la columna vertebral de la economía nacional, determinaron la suerte e historia del país.

Aldo Medinaceli

Escritor paceño

El Loco, de Arturo Borda

No es sólo novela, es una obra imprescindible para cualquier lector al que le guste las cosas raras. Lo que dice Borda ha ido cambiando de forma y tono, pero siempre repitiéndose en más de un autor. Es el equivalente al Macedonio Fernández argentino, de él se gestaron Borges y Cortázar; de El Loco se desprenden Felipe Delgado y Niebla y retorno, entre muchos otros libros.

Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas

Una novela artificio. Creo que es importante por desenmascarar la función del lenguaje como juguete e instrumento del narrador. Además de esto, brinda a la tradición literaria en Bolivia un tono irónico con tanta fuerza que las quejas y lágrimas de antaño casi desaparecen.

Carlos Decker-Molina

Escritor boliviano residente en Suecia


Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre

Se alejó del romanticismo dieciochesco y ofreció una joya del realismo moderno, además de acercarse a la literatura didáctica con intenciones de formar al hombre liberal.

Surumi, de Jesús Lara

Se decía escritor del realismo socialista aunque el realismo de Lara era funcional al servicio de descubrimiento de una Bolivia lacerada y que tenía rostro indígena. Su denuncia fue importante para más de una generación.

Borrachera verde, de Raúl Botelho Gosálvez

Obra menor, pero importante para conocer el “otro costado” de Bolivia. Recuérdese que Botelho tenía 19 años cuando la escribió. Si no se lee Borrachera verde, Bolivia parecerá incompleta a los ojos del extranjero.

José Roberto Arze

Miembro de la Academia Boliviana de la Lengua


Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre.

Es, hasta el presente, la mejor novela boliviana, porque tiene una trama bien definida tanto en la ficción como en la historia; retrata fielmente la fisonomía y los valores morales y sociales de la clase media andina que hizo la revolución de la independencia; lenguaje pulcro y fluido.

Raza de bronce, de Alcides Arguedas.

Es el retrato de la explotación del indio aymara, de su psicología y de toda una época que llegó hasta mediados del siglo XX. Es la novela pionera del indigenismo, no sólo en Bolivia, sino en toda Indoamérica.

Socavones de angustia, de Fernando Ramírez Velarde.

Complementa el “panorama” social boliviano con el retrato de la explotación de los mineros. Tiene una visión ecuánime de las relaciones sociales y laborales de su tiempo, sin exageraciones maniqueístas.

Gonzalo Lema

Escritor tarijeño

La Chaskañawi, de Carlos Medinaceli.

Porque retrata verbalmente Bolivia, porque advierte de la potencialidad de la chola, y porque evidencia la mentalidad pueblerina que no se nos va hasta ahora.

Aluvión de fuego, de Óscar Cerruto.

Porque es la prosa mejor controlada de la novelística boliviana.

Yanakuna, de Jesús Lara.

Porque allí habita Wayra

Wilmer Urrelo

Escritor paceño


Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Me parece que es una novela que inicia (y deja atrás) toda una etapa en la narrativa boliviana. Ése, de entrada, es un gran mérito.

Río Fugitivo, de Edmundo Paz Soldán.

De lejos la mejor novela de los 90. Al igual que la anterior, se atreve a hacer algo distinto, además que ya pasó la prueba de los diez años de rigor. Pasó la década y la seguimos leyendo.

Rolando el descreído, de David S. Villazón.

Novela publicada en los años 30 del siglo anterior. Es una obra valiente que fue contra la corriente de lo que se escribía por esos años. Le puso humor a la Guerra del Chaco. Ése es un gran punto a su favor.

Marcelo Paz Soldán

Editor cochabambino

Raza de Bronce, de Alcides Arguedas.

Porque explora la problemática racial de Bolivia en base al relato del abuso del hacendado blanco, y cómo los indios toman venganza.

Río Fugitivo, de Edmundo Paz Soldán

Retrato del paso de la adolescencia a la madurez, lo que conlleva el descubrimiento del amor, desamor, la disfuncionalidad familiar, las drogas, la traición, el sexo.

La caja mecánica, de Miguel Ángel Gálvez.

Una novela psicológica hasta el extremo. Una construcción perfecta del personaje central. Una especie de Resplandor, de Jack Nicholson, en el que el protagonista encuentra la locura en la reclusión al intentar escribir un libro.

Homero Carvalho Oliva

Escritor beniano


Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre.

Porque es la primera novela que se ocupa de la independencia, construye un imaginario colectivo, canta a los héroes y crea mitos, como el de la Coronilla.

Siringa, de Juan B. Coimbra.

Porque es una novela arrolladora, poética y salvaje. Narra la epopeya de la goma en las tierras de Moxos, mezclando la realidad y la ficción.

La Chaskañawi, de Carlos Medinaceli, porque es la novela boliviana, quizá la única con esa maestría, que se ocupa del mestizaje. Habla del encholamiento de la cultura nacional, una novela que ahora, en esta época de fundamentalismos indígenas, deberíamos volver a leer.

Carlos Mesa Gisbert

Literato e historiador


Raza de Bronce, de Alcides Arguedas.

Es el primer alegato indigenista de la novelística boliviana y latinoamericana. Contradice el estereotipo de racismo y discriminación sobre Arguedas a partir de Pueblo Enfermo. El capítulo final podría ser firmado por cualquier boliviano que crea en la inclusión explícita de lo indígena en el siglo XXI. Tiene gran calidad literaria y toques del mejor modernismo en algunas de sus páginas.

Historia de la Villa Imperial de Potosí, de Bartolomé de Arzans.

Es sin ninguna duda una obra fundacional. Arzans al hacer una crónica histórica sobre Potosí, termina, en grandes pasajes de su libro, marcando el inicio de la creación literaria latinoamericana. No sólo es un retrato de un tiempo y un mundo fantástico, sino es la expresión mestiza de la Colonia, con valores creativos que preanuncian el “realismo mágico”.

Matías, el apóstol suplente; de Julio de la Vega.

En clave de humor irónico, con un sentido histórico revelador y un extraordinario manejo de los tiempos narrativos, De la Vega se acerca a dos personajes (el Che y Cristo) a través de la idea sugestiva de la suplencia (Matías y el Inti Peredo), que demuestran universalidad en la condición humana.

Benjamín Chávez

Poeta orureño


Los papeles de Narciso Lima Achá, de Jaime Sáenz.

Aluvión de fuego, de Óscar Cerruto.

En el país del silencio , de Jesús Urzagasti.

Veo que las tres son novelas escritas por poetas, y si bien mi elección no tuvo que ver con eso, el hecho sugiere que tampoco es algo casual. Y es que de las tres (hay más por supuesto) me gusta cómo fueron escritas. El tratamiento del lenguaje es muy interesante y sugerente. En cada una de ellas también encuentro virtudes particulares .

William Camacho

Escritor paceño


Los cuatro tonos del Kikiriki, de Enrique Rocha Monroy.

Porque es una novela que experimenta con el lenguaje y sus posibilidades, combinando texto y gráficos en su estructura.

Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas.

Porque a través de su bien lograda polifonía permite iniciar la renovación del imaginario paceño.

Cuando Sara Chura despierte, de Juan Pablo Piñeiro.

Porque es un gran trabajo intertextual que, relacionado nuestras costumbres con textos de la literatura universal, también ayuda a replantear el imaginario citadino.

Édgar Arandia

Poeta y antropólogo paceño

Felipe Delgado, de Jaime Sáenz.

Intenso alegato de lo “marginal lírico”.

Chaco, de Toro Ramallo.

Poco conocida. Hay que leerla y estudiarla, estoy seguro que nos llevaríamos varias sorpresas.

Los Deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Plantea una autopsia urbana de la clase media alta, una obra aún fresca y de gran actualidad.

Cecilia Romero

Escritora boliviano-chilena

Los Deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Jonás y la Ballena Rosada, de Wolfango Montes.

Felipe Delgado, de Jaime Sáenz.

American Visa, de Juan de Recacochea.

Por:Martín Zelaya Sánchez en Fondo Negro.